2 oct. 2010

"Por fas o por nefas"– La origen de la palavra “nefasto”

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De forma general todo el mundo entiende el significado del adjetivo “nefasto”. Aplicado a un “día” o, como dice el DRAE a “cualquier otra división de tiempo”, lo convierte en un período triste, de mal agüero, peor recuerdo o negativo balance. La división que los antiguos romanos hacían de los días del año (hasta minúsculos detalles adjetivales como este nos llegan desde entonces, desde ellos) nos legó este adjetivo y su contrario.

Calendario ordenado por signos zodiacales, Roma, Museo della civiltà romanaYa desde los principios de la República, los días en el calendario eran marcados en “fastos” (fastus) y “no fastos” (ne fastus). Sólo los días fastos eran apropiados para la actividad humana, sobre todo la relacionada con los procedimientos públicos (jurídico-políticos). Los días eran marcados fastos o nefastos por la tradición, la ley divina y los augures; obviamente, si un día en particular quería convertirse en “nefasto” para los romanos de ahí en adelante, no tenía más que propiciar una gran derrota militar o la muerte repentina de una gran figura pública. Además de esto, había días “mixtos” que podían ser de una u otra condición o de una, hasta que se realizara un determinado rito, que pasaría a ser de la otra (dies endotercisi y fissi). Las civilizaciones del Mediterráneo siempre fueron propensas a la marca en el calendario de días especiales, llámense de inactividad, descanso o fiesta… Recordemos, por ejemplo, el Sabbat judío o las Carneias, que impidieron a los espartanos acudir a la batalla de Maratón o bloquear efectivamente las Termópilas. El problema es que, los romanos, apoyados en sus esclavos, tenían muchísimos días de fiesta. Las fiestas no eran lo mismo que los días nefastos, sino que podían declararse por victorias militares o en honor a una divinidad. La inauguración del Coliseo de Roma, en el año 80, por ejemplo, duró 100 días, con la muerte de su inspirador, Vespasiano aún fresca en la mente del pueblo.

No cabe ninguna duda de que esas festividades y señalamientos de días, pasados por el tamiz cristiano, configuraron nuestras fiestas actuales y nuestra cultura de la fiesta. Y es que eso –en eso y en todo lo demás- somos: Roma y cruz. La evolución de la Historia y la llegada del Capitalismo se encargaron de reducir esos monstruosos (por largos) días de inactividad en el calendario, dejando los “puentes” españoles (“día o serie de días que entre dos festivos o sumándose a uno festivo se aprovechan para vacación”) en un fósil viviente, resto de una vida ancestral, nuestra y anterior menos ajetreada, además de una preciosa metáfora.

Al castellano, “fasto” pasó como componente del campo semántico de la fiesta, la celebración o la felicidad. Los fasti eran la conjunción y anales de los días del año en los que había ocurrido algo reseñable, normalmente celebrado como día “fasto”; de ahí, en el siglo XVIII recogemos por primera vez la voz “fastos”, hoy sinónimo de “fiestas”, “celebraciones”. Hasta hace poco –está en franco desuso- la expresión “por fas o por nefas” (con significado “de cualquier modo”) era una imitación vulgar del latino original “fas atque nefas” (“lo lícito y lo ilícito”). Además, uno de los dos vocablos “fausto” existentes hoy en el castellano del DRAE, fue por contaminación de “fasto”, tiene el significado de “gran ornato y pompa exterior, lujo extraordinario”; el otro proviene de “faustus” (simplemente “feliz, afortunado”, como vemos con relación etimológica en origen con “fastus”).

¡Fasto día, amigos!.

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